
Antes de dictarse la sentencia (y después de dictarse ésta) se ha dicho mucho sobre el legado fujimorista en la historia de nuestro país. Es cierto, nadie puede negar los grandes avances que tuvimos, después de haber sufrido esos infaustos años ochenta. Claro, tampoco debemos olvidar que si bien en los años noventa se avanzó en muchos aspectos, también hubo muchos retrocesos. Si bien nos acercamos al progreso en términos económicos, en los aspectos sociales y jurídicos nos hundimos en la más sucia de las cloacas. No caigamos pues en el juego de considerar que Fujimori fue un gran presidente, porque ciertamente estuvo muy lejos de serlo.
Mucho también se ha hablado de “juicio político” o “juicio mediático” o de la “venganza de los caviares”. Primero, el juicio ha sido impecable, por lo que debe ser dejado de lado cualquier cuestionamiento a la independencia o calidad de los vocales o de las garantías procesales que tuvo el inculpado.
¿Y de qué presiones políticas se habla? ¿Acaso el fujimorismo no está aliado con el poder político vigente? ¿Acaso no dicen que los “caviares” no representan a nadie? ¿De qué presiones hablamos, de qué venganza, de qué persecución? ¿Tal vez se refieran acaso a lo sufrido por Gorriti o Dyer cuando fueron secuestrados? ¿Tal vez hablan de las constantes injurias que sufrieron los familiares de los desaparecidos de La Cantuta y los muertos de Barrios Altos, incluido un niño? ¿Tal vez se refieran a todas las atrocidades cometidas en la década de los noventa? ¿Se referirán a ese tipo de persecución y venganza?
Igualmente, la prensa o los medios de comunicación han mostrado rostros amables o hasta simpatizantes a favor del reo y de su familia. Basta pues leer a De Althaus o Mariátegui, revisar pasquines tales como “La Razón” o “Expreso”, oír en la radio cualquier programa de RPP en el que aparezca Raúl Vargas, ver a Bayly o nuevamente a De Althaus, o las entrevistas siempre complacientes a los representantes del fujimorismo, entre otras perlas. Así, de haber existido presión mediática, ésta vino de los sectores naranjas y su prensa afín. La mención a un “juicio mediático” suena a burla, viniendo sobre todo de las bocas de aquellos que no dudaron un segundo en comprar conciencias y líneas editoriales, o en poner en oferta las suyas.
Los argumentos para la absolución de Fujimori tuvieron poco de jurídicos, y pretendieron señalar que como éste realizó labores favorables para el Perú, cualquier “error” cometido debía ser automáticamente perdonado. Con ello, tácitamente se admite la culpabilidad del reo, pero se apela a las partes positivas de su gobierno, a efectos de soslayar o ignorar la importante y terrible parte negativa. Así, quienes hablaban de juicio político son los primeros en utilizar argumentos políticos para obtener un resultado favorable. Pero, ¿qué esperamos?, el fujimorismo nunca se ha caracterizado por la coherencia.
Se habla también de “excesos necesarios” o “costos de la guerra” o que “había que atacarlos como ellos nos atacaron a nosotros”. ¿Es un costo de guerra la muerte de un niño inocente? ¿Quizá se justificaba la muerte de personas que festejaban sin tener vínculo alguno con organizaciones terroristas? ¿Es un “error” la muerte premeditada de jóvenes que descansaban después de un día de universidad? ¿Era realmente necesario? ¿Se puede poner el Estado al mismo nivel que los criminales que combate y cometer los mismos excesos que condena? Los que dicen tales barbaridades carecen de la empatía que todo ser humano debería tener, o simplemente no les interesa que sus propios hijos, padres o hermanos mueran por un “bien mayor”, o no son mejores que toda la lacra terrorista que atacó a nuestro país.
Lo que sigue es ciertamente complicado. Se viene la apelación, las verdaderas presiones políticas y mediáticas. Se aproxima la campaña por la presidencia (¿o por el indulto de su padre?) de Keiko Fujimori (que tendría que explicar cómo pagó sus estudios y la razón por la cual permitió tantos maltratos a su madre), las voces feroces de los canallas de siempre, la genuflexión habitual de la mayoría de la prensa, la amnesia colectiva que sufrimos los peruanos, el apoyo de los sectores más conservadores del Perú (incluida la iglesia católica y las fuerzas armadas y policiales) y los grupos de poder económico tan comprometidos con su bolsillo pero tan poco con el desarrollo del país. La lucha por un país mejor no ha culminado, recién empieza y será muy dura de ahora en adelante.
Hoy ha sido un día para la historia, un día para estar orgullosos. Hoy, el sueño que algunos tenemos de un país justo e igualitario parece estar un poco más cercano. Hoy se ha probado que, a pesar de vivir en el país de los tristes imposibles, la justicia se puede y debe imponer. Y donde nadie, absolutamente nadie, debe estar por encima de la ley. Hoy es un día hermoso, es un día de justicia.
Jorge Orlando Ágreda Aliaga
















