Friday, March 07, 2008

Café Amargo


La incursión del ejército colombiano en territorio del Ecuador ha generado una crisis en Sudamérica que no se veía, tal vez, desde el conflicto peruano ecuatoriano de 1993. Sin embargo, la coyuntura es completamente distinta. Aquella vez, el conflicto obedeció a una histórica pretensión territorial ecuatoriana, en cambio, en esta oportunidad, la tensión se ha debido a que las fuerzas armadas colombianas, con el objetivo de eliminar al número dos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ingresaron sin autorización en territorio ecuatoriano.

Algunos comentarios sobre éste y otros temas:

1. Hace pocos días, un diario capitalino, muy suelto de huesos, preguntaba a sus lectores si estaría de acuerdo con que Perú bombardeara territorio extranjero con el fin de eliminar terroristas. Obvia y lamentablemente, la respuesta fue abrumadoramente afirmativa.

Claro, a todos les suena lógico, hecha así la pregunta es como preguntar si estamos de acuerdo con que alguien entre a la casa del vecino para capturar al ladrón que acaba de robar en su casa: todos dirían que sí. Sin embargo, no se puede ser tan simplista, tan abiertamente manipulador.

Me pregunto, y con esa misma lógica, ¿realmente existe alguien que pueda estar de acuerdo en bombardear Chile o Brasil si supiéramos que terroristas peruanos se esconden en su territorio? ¿Alguien estaría de acuerdo con algo tan descabellado o estúpido como eso? Sin embargo (por algún menosprecio no tan oculto), y con el objeto de sesgar la idea, el ejemplo propuesto por el director del diario en mención era el de “bombardear” Bolivia. (Léase http://www.correoperu.com.pe/paginas_columna.php?columna_autor=Aldo%20Mariátegui&seccion_nota=8&nota_id=64001).

El objetivo está sobre la mesa: “defendamos el status quo con cualquier argumento, no importa lo idiota que éste sea, siempre habrá alguien igual de idiota que se lo crea”.

2. Las FARC son una organización terrorista, a mí no me queda ninguna duda de ello, pero no son las únicas. Son tan terroristas como los grupos paramilitares auspiciados por el propio Uribe, y también tan terroristas como Al Qaeda, como los bombardeos de zonas civiles en Irak por parte de los EE. UU., como el reciente atentado en Israel, como los soldados israelíes que asesinan niños palestinos, como Sendero Luminoso, como Pinochet, como el Grupo Colina, como la hiperinflación de los ochentas y otros tantos más.

Y, sin embargo, la definición de “terrorismo” ya no es la que aparece en el diccionario o la que establece la ONU, sino que depende de muchas variables y de acomodos diversos. Ahora (y creo que desde siempre), no importa lo que uno haga, sino de lado de quién se está para ser calificado como “bueno” o “malo”. Y, tales criterios, son los que les importan a nuestros “líderes” de opinión.

3. El incidente nos ha traído bastante información, que requiere un análisis un poco más profundo de lo que a primera vista se podría uno permitir.

Por ejemplo, sería estupendo que alguien nos explicara cómo, después de un bombardeo que eliminó a todos los terroristas de las FARC señalados, quedaron intactas tres laptops (sólo Dios y Uribe saben por qué en medio de la selva un comando terrorista las necesitaba) con información que incriminaría a los presidentes de Venezuela y Ecuador (como bien ha anotado César Hildebrandt en una afilada columna: http://diariolaprimeraperu.com/online/noticia.php?IDnoticia=11987).

También llama a suspicacia el hecho de que las FARC presuntamente habrían adquirido cincuenta kilogramos de uranio enriquecido de parte de Venezuela (¿las nuevas armas de destrucción masiva?), o que siendo supuestamente “narco-terroristas” con un manejo importante de dinero, requieran del gobierno venezolano para que les done trescientos millones de dólares. Pero no hay tiempo para suspicacias.

Y claro, tampoco se señala que esta operación se haya llevado en precisos instantes en los que Uribe pretende re-reelegirse (cualquier parecido con la reciente historia peruana no es pura coincidencia), ni semanas después de la liberación de rehenes sin la participación del gobierno colombiano.

Tampoco se informa que aparentemente Uribe fue primo de los fallecidos capos del narcotráfico Pablo Escobar y Jorge Luis Ochoa, ni que varios de los congresistas de su partido político han sido vinculados a grupos paramilitares y al narcotráfico.

Obviamente, no se pueden decir tales cosas, porque después de todo Colombia es un aliado (¿por qué es un gobierno de derecha?, ¿por qué junto con ella, somos los engreídos de Bush en Sudamérica?, ¿por ambas razones?), y es más fácil atacar las locuras de Chávez.

El silencio es la consecuencia cuando tenemos una prensa rastrera e ignorante, con ¿periodistas? que señalan escandalizados la inflación y la especulación en Venezuela, pero se niegan a ver las atrocidades que el gobierno de EE. UU. comete en Irak.

4. Una idea muy común en los últimos días es la referente a los titiriteros y marionetas. Uno puede escuchar y leer en nuestra independiente y desinteresada prensa, que Correa, Ortega y Morales son los pobres títeres del terrible Hugo Chávez, y es cierto en mayor o en menor medida, lo son. Y, sin embargo, podemos ver que pocos han sido los que han señalado que también hay otros que merecen tales calificativos (recomiendo vivamente dos caricaturas del gran Carlín, del 5 y 6 de marzo: http://www.larepublica.com.pe/component/option,com_humor/id,31).

Seamos honestos, Uribe y otros más también son simples marionetas de un poder (económico y bélico) superior, llamado George W. Bush.

Y realmente no sé qué es peor (pero sé que ambas cosas son malas): ser marioneta de un tiranuelo con delirios de grandeza y mucho dinero y petróleo pero muy pocos modales e inteligencia, o ser marioneta de uno de los más grandes asesinos de la historia. Pero es una pregunta que no mucha gente se plantea, ¿por qué? La respuesta es obvia, después de todo, el Perú (y el sueldo de muchos periodistas) depende más que nunca del buen humor de los gobernantes de EE. UU.

Aparentemente, el impasse fue superado con un hipócrita abrazo entre Uribe y Correa, pero es mejor ahora que después, ya que en caso de un conflicto bélico, sin duda EE. UU. ingresaría a éste, en su papel del gran policía (corrupto) del mundo, que sólo ayuda a los que están de su lado y golpea a fuertes macanazos a los que no, sin importar si lo merecen.


Jorge Ágreda Aliaga

Uno más

El sábado nueve cumplí 28 años. Salvo de niño, cuando los padres aún deciden por uno, nunca había celebrado el día de mi nacimiento. Y es que no encuentro en la fecha en sí –y en todas las demás también- mayor sentido. Aquí coincido con mi hermano, con quien, más que aficiones, comparto desagrados comunes: la cerveza, el fútbol, los finales felices en las películas, los que no apagan sus celulares, las mascotas y los aniversarios. Salvo la Grecia antigua, Pacino, el Adagio de Albinoni y los rostros tristes de cabello negro, nuestros pareceres siempre son dispares, y muchas veces conflictivos.


Creo que fue un buen cumpleaños. Me levanté temprano. Cociné. Aunque no la contesté, recibí la llamada que esperaba y fui feliz. Lo pasé en distintos lugares con mis amigos que se iban sumando. La ruta era la del Pisco Sour y sus variantes. Ganó el Meliá.


Los festejos acabaron en silencio, literalmente. Nadie dijo una palabra en el trayecto que va de El Silencio a Lima. En realidad, no se podía emitir sonido alguno sin temer ser lanzado, con sobrado merecimiento, del auto que aceleraba y aceleraba. No se puede ser Evaído sin ser complicado.


Sin embargo, desde el domingo por la tarde estoy muy ocupado con mi muerte. Fina cortesía de mis ficciones, me he debatido entre una apendicitis y un aneurisma, el esbozo de parálisis de una mitad de mi cuerpo y más de un hincón cardíaco. No he contestado correos electrónicos ni llamadas telefónicas. He estado muy fatigado con los detalles de mi capilla ardiente.


Soñé que, diagnosticado de cáncer avanzado, estaba en el quirófano. Sé que no despertaré luego de que cuente uno, dos… tres… El sábado nueve cumplí 28 años y no vuelvo a celebrarlo.


Abraham García Chávarri

Thursday, February 21, 2008

El día que me agarró el paro





















Taximula. Pasaje: 1 sol. Recorrido: hasta donde se plante el animal.

Una y diez de la mañana del lunes dieciocho de febrero. El bus de Erick el Rojo se detiene en el peaje de Huarmey. Siento el motor que se apaga y me despierto. Había salido hacía unas cuatro horas de Lima con destino a Trujillo sin reparar en un pequeño detalle: el paro agrario indefinido. Comenzaba mi odisea.

Bajé del bus a inspeccionar el área. Una hilera de buses y camiones (cientos de ellos, según dijeron las noticias) copaban, atravesados como les diera la gana, los dos vías de la Panamericana. Por precaución hicieron detener los buses en el peaje, como a seis kilómetros del puente donde los agricultores (y algún que otro delincuente) habían cerrado el paso con grandes piedras y postes de luz. Caminé hacia el primer bus de la fila; unas pocas mototaxis ofrecían sus servicios: cinco soles por persona hasta el puente en disputa, cuando normalmente cobraban sol cincuenta por carrera. La oscuridad y la pinta de los mototaxistas me hicieron desconfiar. Pensé que sería mejor regresar a dormir y de repente al amanecer encontrar que ya todo se había solucionado. A las seis y treinta de la mañana, después de hacer algunas llamadas de rigor desde mi celular, comencé la caminata. Las mototaxis habían bajado la tarifa a tres soles, tomé una en compañía de dos personas más de mi bus (uno de los cuales se convertiría en mi compañero por el resto del viaje). Nos dejaron como a veinte metros del puente. Los revoltosos les gritaban a los mototaxistas, a manera de broma, que “paguen su peaje”. De pronto, varios dejaron su trinchera y caminaron hacia los mototaxistas, quienes al percatarse huyeron despavoridos, excepto uno que cometió la torpeza de recoger un pasajero. Los revoltosos tomaron la mototaxi y la voltearon con pasajero y todo, después empezaron a destrozarla ante la súplica inútil del propietario. Ahí me di cuenta que estos tipos de bromistas no tenían nada. (Siempre que uno está en mancha se envalentona y saca lo peor de sí.) Me dio pena por el pobre hombre, pero yo tenía que seguir mi camino.

Caminé algunos kilómetros con mi ocasional compañero hasta el atolladero de buses que venían de norte a sur. Algunas station vagon ofrecían sus servicios entre los pasajeros varados: diez lucas hasta Casma, pero yo la logré sacar por ocho. Una vez en Casma tomé otra station hasta Chimbote. Diez lucas sentado; cinco lucas en la parte de atrás, cual bulto. Hay que ser ahorrativo, pues. A mitad de camino, mientras mis piernas ensayaban diversas posturas para no ser atrapadas por el calambre, nos sorprendió una pequeña barricada. Varios delincuentes (porque de agricultores no tenían nada) nos amenazaron con piedras. Sólo cuando una señora enseñó imprudentemente a su bebé, mientras gritaba “¡hay niños, hay niños!”, parecieron calmarse. Previó cobro de "peaje" nos dejaron pasar. Con mi compañero fuimos los últimos en bajar del station en el centro de Chimbote. El chofer nos pedía una luca más por la propina ("peaje") no prevista. Pensé en huir pero el calambre no me lo permitió. Caballero nomás. Mi compañero fue más conchudo y se bajó rengueando sin hacerle caso. Caminamos varias cuadras medio saltones. Chimbote es una ciudad bien brava; mucho más que el Callao (que me disculpen los chalacos y los falsos chalacos). Convenimos no ir al terminal de buses pues era una pérdida de tiempo. Nos habían dicho que la parte más fea estaba en Chimbote, que pasando el túnel estaba cerrado y no pasaba nadie, ni el Papa. Y que asaltaban.





















Caminando en medio del desierto.

Tomamos una combi hasta Coishco: un pueblito rumbo al norte, pasando el túnel. Al llegar divisamos los buses y camiones atollados. Empezaba nuestra caminata, unos veinte kilómetros intransitables. Cada cien o doscientos metros la Panamericana estaba interrumpida con piedras o postes de luz, además de varios "chistosos" que se te quedaban mirando feo. Mi compañero y yo nos unimos a un grupito de tres mochileros buscando seguridad. Atravesamos varias barricadas bajo el sol abrasador del medio día y el humo de las llantas quemadas, siempre alertas. Cuando la deshidratación ya no nos permitió avanzar, nos paramos en un puestito de comida y marcianos. El menú era cebiche con tallarines rojos y papa a la huancaína. Nunca había comido algo así a pesar que en Lima lo ofertan en cada esquina del centro, pues me parecía una combinación espantosa. No sé por qué ahí no me importó: la verdad los comí rico. Después pedí marcianos: tres por cincuenta. ¡Sí, tres por cincuenta! En Lima te venden cada marciano a china. ¡Qué abuso! Acá podía comer cuantos quisiera. Pedí un montón. De maracuyá, eso sí. Era como estar en el cielo... Pero nada dura para siempre. Más adelante los encontré a diez céntimos y sentí que me habían estafado.

Cuando estábamos retomando la caminata nos dio el alcance un grupo de cinco personas, entre ellas tres mujeres. Nos contaron que nos venían siguiendo desde Coishco pero siempre nos adelantábamos. Estaban muy temerosos de que les pasara algo, sobre todo las chicas. Seguimos la caminata hasta que nos topamos con un niño en su carreta, su mula y su perro. Le pedimos una carrera. Así tomamos la "taximula". Pero el animalito no avanzó más de dos kilómetros y se detuvo en una cuesta (también que éramos diez puntas más el niño-chofer, el perro sí iba a pie, o mejor dicho a patas). Pagamos la mitad de lo convenido y seguimos caminado. Nos topamos con un par de peleadores callejeros que no nos prestaron atención, unos tombos que veraneaban mientras tomaban su gaseosa "Sol de Oro" y unas motos que ofrecían llevar a las damas a "donde había carro", pero éstas no aceptaron. Después hicimos unas carreras cortas en un camioncito y en trailer, para terminar botados en medio de la nada, en el desierto. Cándidos, creíamos llegar caminando hasta el próximo pueblo: Chao. Gracias a Dios pasó un camioncito que llevaba nidos para gallinas y nos recogió. El chofer nos tildó de locos y nos llevó hasta Chao en treinta minutos. Obviamente, a pie, no llegábamos nunca. En Chao la cosa ya era diferente. Estaba a poco más de una hora de Trujillo. Y, aunque en la misma ciudad los disturbios estaban a flor de piel, una vez salvada la zona “roja” la carretera estaba libre hasta el destino final.

Para qué voy a negarlo: todo fue muy duro; pero no me puedo quejar de nada, excepto por el tramo final. Subí al micro, pagué mis tres lucas, me despanzurré en dos asientos (mi compañero de viaje -y casi amigo- hizo lo mismo) y me soplé –enterita- la película que pusieron: “Peloteros”. Definitivamente, lo peor del día.

Oscar Aybar

Wednesday, January 16, 2008

Yo también fui campeón del mundo

Es difícil pasar el tiempo cuando estás encerrado. El fulbito, el ajedrez, la timba y –sobre todo- las largas conversas con tus compañeros se convierten en pan de cada día. En una forma de ir ocupando el tiempo y de hacer “buenas migas”, hasta que salgas de nuevo al exterior. Yo tuve suerte. Habían varios peruanos en la Estación Migratoria de Iztapalapa cuando llegué, la mayoría gente chévere que me recibió muy bien. Todas las mañanas, después del desayuno, armábamos nuestro equipo y esperábamos al lado de la canchita de fulbito para el “reto” respectivo. El día anterior habían ganado (yo todavía no estaba) a cuanto rival se les puso en frente. Hoy ya estaba ahí, esperando, impaciente, con todas las ganas de mostrar mi talento innato, pero me tendría que conformar con dar las indicaciones técnicas al equipo, es decir, “calentar banca”. El árbitro, un negro de Belice que a las justas masticaba español, iba coordinando todo: convocaba los equipos, cazaba el dinero de las apuestas y cobraba sus cinco pesos por partido arbitrado. Aunque tenía pinta y fama de mafioso, casi siempre se mostró imparcial.

Los primeros retadores fueron unos guatemaltecos (chapines, como se les conocen) que armaron un equipito fulero; los despachamos en un dos por tres. Después vino un combinado con lo mejor de Centroamérica (básicamente, guatemaltecos y salvadoreños con algún panameño o nicaragüense colado), pero como eran un montón armaron hasta un equipo “c”, y tenían harta barra. Igual les dimos curso uno por uno. Cabe acotar que hasta el momento no había jugado ni un solo minuto. Nuestro equipo lo conformaban un par de hermanos de Carabayllo: el arquero que conocían como “Ibáñez” y un delantero que no recuerdo como se llamaba ni como lo apodábamos. Ambos tan flacos que parecían tísicos, pero que pisaban pelota que daba miedo. En la defensa, mi pata J. G., de Zárate, con una técnica exquisita y con un temple de hierro, no arrugaba nunca (a pesar de no ser tan alto), ni cuando se enfrentaba a los endiablados africanos. Los otros dos cupos eran rotativos, habían varios que se peleaban el puesto: uno de Barrios Altos, otro de Puente Piedra, otro de Arequipa, otro de Chimbote, y así sucesivamente hasta llegar al patita de Surco Viejo, ósea yo.

Ya llevábamos cuatro partidos al hilo cuando salieron los “monitos” a retarnos. Toscos, duros, no daban una pelota por perdida nunca; pero sin la técnica ni la maña peruana. Perdieron, pero nos hicieron sudar. (En mi caso en sentido figurado, pues todavía no jugaba.) Después siguieron los boliches. Pan comido. Éramos el dream team. Fue ahí cuando vimos a la verde amarella calentando al lado de la cancha. Su mancha llegaba al centenar de personas. Casi todos jugaban fútbol, así que podían armar cuantos equipos quisieran. Después de una pequeña disputa interna sacaron el que decían era su primer equipo, a pesar de algunos resentidos que se sintieron marginados injustamente. Todo el corralón de Iztapalapa se reunió alrededor de la cancha, los migras -desde el techo- miraban atentos. Era el invicto Perú contra los pentacampeones del mundo. Diez minutos completos de juego fue lo pactado. El negro de Belice hizo sonar el pitazo inicial. Un partido de ensueño, jugadas de lujo, rapidez mental y física. Cada pelota disputada al máximo, pero con maestría. Perú con tres pulmones: parecía nuestro primer partido. Al final, dos a dos cuando sonó el silbato. Perú gana con el empate; pero no, dijimos. Diez minutos más, pues. Y fue cuando sucedió: mi amigo J. G. sale con clase y supera a dos brasileños, pasa la media cancha y lanza el zapatazo. El balón dibujó una curva impresionante. Un golazo. Faltando un minuto metimos otro. Cuatro a dos y partido resuelto. Después los marginados del pentacampeón armaron su equipo “b”, pero por algo los habían hecho a un lado. No eran mejores que los primeros y perdieron más fácil, a pesar del cansancio de nuestro equipo. Ahí vino el combinado de África, otro duelo de Titanes, ganamos con las justas. Pero los africanos tenían hasta equipo “z”; además, se querían reforzar con Brasil para retarnos. Nuestros muchachos ya habían hecho suficiente dinero y quemado suficientes calorías. Y ya era hora del almuerzo. Quedamos para mañana a la misma hora, como todos los días. Ellos se fueron a duchar y yo a hacer cola para entrar a comer, pensando –iluso- que tal vez mañana podría jugar.

Era pasada la media noche cuando un migra se acercó a nuestra celda y nos despertó: “Pssst, Perú”. Querían jugar un partido con nosotros, a escondidas, entre penumbras. (Obviamente, estaba terminantemente prohibido que los guardias jueguen fútbol con los detenidos.) El equipo titular se levantó, se lavó la cara, se puso las zapatillas y salió al campo. Yo seguí durmiendo. Los migras se reforzaron con un brasileño y un par de africanos, lo mejorcito del lugar. Como buenos mexicanos no querían perder, así que tomaban las precauciones del caso. Y no perdieron, el partido quedó empatado a dos. Los migras bajaron un poco su abultada panza y se divirtieron mucho. Hasta que amaneció y se armó la grande. Veintiséis cubanos habían escapado de madrugada del corralón del Iztapalapa. Nadie sabe qué diablos estaban haciendo los guardias en ese momento. Bueno, nosotros sí, pero no podemos juzgarlos. ¿Quién podría resistir la tentación de jugar contra Perú, el invicto? Como bien decía un italiano que iba y venía por los pabellones vendiendo todo lo que se podía vender (creo que hasta su cuerpo), cada vez que pasaba por nuestra celda su rostro dibujaba una inmensa sonrisa: “¡Perú! ¡Campione del mondo della migrazione due mila cinque!”. Y sí, éramos campeones en ese pequeño mundo. Y yo también lo fui, ¿por qué no?... Si hasta el “Chino” Pereda dice que ha sido campeón del mundo.

Oscar Aybar

Tuesday, January 15, 2008

Yo sí, tú no


Sin disimular su desánimo, Rosa María Palacios presentó la noche del viernes cuatro a Sonia Morales. La primera trabaja en el canal que estrenaría días después una miniserie basada en la vida de la cantante, y a veces hay que cumplir, mal de nuestro grado, con algunas exigencias laborales. Eso explica también el amplísimo desconocimiento que demostró una periodista que se publicita, acaso en competencia única, como aquella que mejor prepara sus entrevistas.

Confieso que no presté mucha atención a las preguntas. Me detuve en sus palabras iniciales. Dijo (la cito libremente) que Sonia Morales era una cantante muy conocida para un sector importante de la población. Sin entrar a discutir el grado de racismo, voluntario o involuntario, de una frase no inocente, sí quiero señalar dos puntos breves.

1.- Fue una anotación innecesaria. Nadie presenta a otros personajes como Juan Diego Flórez o Pedro Suárez-Vértiz, por decir dos nombres conocidos, como intérpretes o cantautores de un sector del Perú. Y es que a diferencia de Sonia Morales, supondría la conductora, ellos son artistas nacionales y basta.

2.- Haciendo números, tampoco fue un comentario exacto.

Quizá roce la ingenuidad, pero creo también que existirán bastantes menos brechas cuando todos los peruanos seamos iguales y no algunos más iguales que otros.

Abraham García Chávarri


Friday, August 17, 2007

Lo que no pudo derrumbar el terremoto



Hoy vi por televisión la procesión del Señor de Luren y se me vinieron a la mente todas las veces que fui a verlo a regañadientes, acompañado de mis padres, cuando niño. Hoy, viernes 17 de agosto (justo en el cumpleaños de mi viejo), ese Cristo tallado en madera, negro, embetunado, paseaba por las calles de una ruinosa Ica en una procesión extraordinaria.
Es muy triste ver lo que queda de la ciudad donde uno nació y creció. Para mí (como para la mayoría de los que vivimos en Lima) el terremoto no fue más que un gran susto. Pero para la gente que vive al sur de la capital fue la peor desgracia que les pudo haber pasado. Gracias a Dios, todos mis familiares están a salvo, pero viviendo las penurias que conlleva un desastre de esas proporciones. Hasta el momento que escribo este texto, Ica sigue sin luz ni agua, el pandillaje ha empezado a campear por todos lados, y no hay víveres de ningún tipo. Se necesita urgentemente la presencia de efectivos policiales -o en su defecto del ejército- para conservar el orden. Y, sobre todo, que las autoridades hagan una correcta, equitativa y pronta distribución de las donaciones.
Un primo me contó que fue con su bidón en busca de agua y sólo consiguió que se lo arrebataran. Su madre –mi tía- está enferma y no tienen nada que darle. En Nazca también ha empezado el pandillaje, según me contó una tía. Y ni qué decir de Pisco que –como ya todos saben- ha llevado la peor parte: los muertos forman hileras en la plaza de armas a la espera de los ataudes.
El domingo 26 nos teníamos que reunir todos en Ica para celebrar el cumpleaños número 80 de mi abuela materna. No sé cómo quedará esa convenida celebración. Por lo pronto mañana estoy viajando con mis tíos para llevar agua y víveres a nuestros familiares. Lamentablemente tengo que regresar sobre el pucho porque el lunes me espera la chamba. Aunque los más probable es que regrese el próximo fin de semana para saludar a mi abuela. Los mariachis, las chelas, el baile y demás tendrán que esperar hasta el otro año. Lo siento, abue.

Ahora que termino de ver el noticiero, caigo en cuenta que la carretera está hecha un desastre. Tal vez ni podamos llegar a Ica, pero habrá que hacer el intento igual. Pero, por si no llego, quiero decirle a todos mis paisanos que tengan mucha fuerza y -sobre todo- fe en Dios. Nuestro Cristo negro nunca nos ha abandonado, y no lo va a hacer ahora.


Oscar Aybar

Sunday, May 20, 2007

La dama del poncho rojo



Siempre con su voz aguardientosa, ahora –incluso- venida a menos. (Ya tiene ochenta y ocho años, pues.) Cada vez más seca, más cavernosa, ese timbre que parece a punto de colapsar en cualquier momento, pero que a la vez hace emocionar como ningún otro. Son pocos los que pueden conseguir eso. Chavela es uno de esos raros y maravillosos especímenes.

Costarricense de nacimiento, pero mexicana por adopción. Lesbiana. Cantante. Bohemia a rabiar. Fiel a su ley había tocado fondo, hasta que el director Pedro Almodóvar la rescató de un bar de mala muerte en ciudad de México y la regresó a su público. Su voz había cambiado. Le costaba más. Los tragos y los años habían pasado factura a la compañera de parrandas del gran José Alfredo Jiménez (otro de los pocos que consigue lo que Chavela cuando canta). No hay mucho que decir de esta mujer. Sólo hay que escucharla cantar, dejarse llevar, transportarse. Una voz especial, rara, patética. Y un sentimiento único que imprime en cada canción que no me hace llorar de puro macho. Aunque tengo que confesar que a veces no he podido aguantarme.

Dice Joaquín Sabina que “las amarguras son menos amargas cuando las canta Chavela Vargas…”. Sólo sé que las cosas, los problemas, las dudas, todo, adquieren un matiz diferente en la voz de Chavela. Y no puedes hacer otra cosa más que adorarla.


Oscar Aybar

Saturday, April 28, 2007

Secret Chiefs 3




A mediados de los 90´s, el productor Trey Spruance, el bajista Trevor Duna y el baterista Danny Heifetz deciden crear la banda Secret Chiefs Trio. De estilo avant garde y con un trasfondo esotérico, filosófico y teológico, este grupo puede hacerlo todo.

Primero un tema épico te hace entrar en un mundo antiguo y enigmático de películas, el siguiente tema simplemente te descomputa con sonidos aleatorios y síntesis pero luego se pone épico o dramático, sumamente oscuro y triste. Lo siguiente es una estructura tipo death metal con algunos momentos grind y gritos demoníacos. Puedes notar la calidad en el sonido y la seriedad con que toman todos los estilos, este grupo es de lo mejor en cuestión a composición, temática, calidad de sonido y variedad.

¿Qué es lo que caracteriza a este estilo? Precisamente la diversidad o el no tener un estilo musical definido. Esto es avant garde.


EL AVANT GARDE Y SUS PRECURSORES

Parece que todo empezó en la última época de Los Beatles. Antes los roqueros solamente eran funk o disco o metal o rock o punk o new age, pero desde el disco blanco de Los Beatles se pudo escuchar en un sólo album varios estilos de música, composiciones orquestadas, música concreta como number 9, psicodelia, rock and roll, baladas.

Luego vino Frank Zappa, quien se encargó de hacer las mezclas más endemoniadas, estrafalarias y -muchas veces- sin sentido, porque no tenía miedo de hacer lo que sea con tal que no suene algo “normal”, sino que siempre se salga de las normas y te sorprenda. Zappa era -en orden de importancia- compositor, productor, director y 1ra guitarra de sus bandas; también hizo videoclips experimentales e interesantes documentales de su trabajo musical.

Luego vienen Faith No More, Jhon Zorn y Mr. Bungle.

Mr. Bungle es una visión de lo que sería Secret Chiefs 3, canciones grabadas en vivo con sonidos metal y momentos de folklore del mundo, psicodelia en general. Suena un tanto esquizofrénico pues no paran de cambiar de tiempos.


LOS JEFES SECRETOS

El nombre de esta banda en español significa Jefes Secretos Trio. Este título se refiere a las autoridades responsables del funcionamiento del cosmos. Son una orden mágica y sus nombres han ido cambiando en el transcurso del tiempo. Estos jefes secretos han sido gente que ha decodificado signos, muchos de ellos con poderes mágicos o super humanos. Estos signos designan a los jefes secretos que se harán cargo de la operación y la calibración moral del universo.

La primera jefa principal fue Anna Sprengel. Su nombre y dirección fueron decodificados de un manuscrito numérico.

Así como la primera jefa principal fue nombrada, o los jefes secretos que buscan verdades de número y posiciones, Secret Chiefs 3 parece moverse de acuerdo a ciertos números con significados.


SPRUANCE PRODUCTOR

Spruance es una persona que tiene muchos proyectos y los va desarrollando todos a la vez, y Secret Chiefs 3 también es un grupo con bastante trabajo de producción, no es un solo grupo sino que se alternan siete bandas bajo el mismo nombre según dicen ellos mismos. Estas bandas son: The Electromagnetic Azoth, UR, Ishraqiyun, Traditionalists, Holy Vehm, FORMS y una banda que hasta el momento no se ha hecho pública.

Cada paso que el grupo da tiene que ver con una cuestión esotérica, cabalística, astrológica. Cuando le preguntan "¿por qué va a hacer un álbum con 7 bandas, que harán 7 canciones, y lo van a dividir en tres álbumes?" Él simplemente responde: “Es una cuestión geométrica”.


LETRAS


WHITE AS THEY COME

As white as they come
I feel pretty dumb
They're all better than me
I think we agree
I was born with no soul
But I'm in control
Of the worlds destiny
I'm white as can be

Afraid to die, afraid to answer why

Afraid to be, afraid to act like me, or like me

As white as they come
I act pretty dumb
You know better than me
I'm sure we agree
I'm as white as the pope
You can see there's no hope
Now why would I lie?
We're all gonna die

An empty shell, an empty heart as well
A burnt out light, avoid that swallows life, swallows life


TAN BLANCOS COMO VIENEN

Tan blancos como vienen
Me siento muy tonto
Ellos son mucho mejor que yo
Pienso que estamos de acuerdo
Nací sin alma
Pero estoy en control
Del destino de los mundos
Soy tan blanco como puedo ser

Miedo a morir, miedo a responder por qué
Miedo a ser, miedo a actuar como yo, o a gustarme

Tan blancos como vienen
Actúo como tonto
Tú sabes mejor que yo
Estoy seguro que concordamos
Soy tan blanco como el papa
Puedes ver que no hay esperanza
Ahora, ¿por qué mentiría?
Todos vamos a morir

Una coraza vacía, así como un corazón vacío
Una luz extinta, evita esas vidas devoradas, vidas devoradas


“¡Quizá!”, me pongo a pensar. En este mismo instante que estoy escuchando Secret Chiefs 3, miro a través de la reja de mi ventana, el cielo de Lima reflejando las luces de la ciudad, y al fondo tres antenas con luces parpadeantes, dando un ritmo al espacio mientras la música da ritmo a mis espaldas. Miro hacia oriente, el cielo me recuerda a Bagdad, ya estoy ahí. Pienso en la invasión de EE.UU. a Irak. Recuerdo, este grupo tocará en vivo el sábado 12 de mayo en Australia, mientras en mi cuarto hoy este grupo toca una melodía árabe.


Víctor Chang Junco


LINKS REFERIDOS

http://www.secretchiefs3.com/
http://en.wikipedia.org/wiki/Secret_Chiefs_3
http://en.wikipedia.org/wiki/Secret_Chiefs
http://reyporundia.phplibre.com.es/modules/news/article.php?storyid=50




Friday, April 27, 2007

Algo se nos muere cuando un poeta se nos va


Este blog quiere expresar su tristeza por el temprano deceso del poeta y guionista peruano José Watanabe (Laredo, 1946 – Lima, 2007).

Lima, 25 de abril de 2007

Monday, April 23, 2007

De paseo por la Calle de la Desolación


Ha habido grandes personajes, artistas eternos, terriblemente geniales, y Bob Dylan es uno de ellos. Es cierto, se han dicho muchas cosas de él, hay quienes lo consideramos más que un genio, un innovador, un poeta, un aventurero y un maestro. Para otros no es más que un fraude, un artista sobrevalorado, un oportunista con una voz horrible y un trasnochado vendedor de humo. Pero más allá de la admiración que podamos tenerle algunos y la animadversión de otros, sin duda alguna, Dylan es el músico popular más trascendente del siglo XX (título que comparte con Los Beatles), así lo demuestra la gran influencia sobre los músicos más importantes desde los sesentas hasta la fecha.

Por mi parte, descubrí a Dylan cuando cursaba los primeros ciclos de la universidad, era el paso siguiente para alguien como yo que empezó escuchando a Los Beatles desde algunos años antes y que se encontraba fascinado por la música de los sesentas y que, además, ya había escuchado de la gran fama del hijo predilecto de Duluth. Todo se originó con una cinta de audio, y el descubrimiento de las canciones fue sensacional. Era simple, pero distinto. Una guitarra acústica junto con una voz desafinada nunca habían sonado mejor.

Luego de ello, como el buen amigo que pretendo ser, procedí a compartir la música con mis camaradas, aunque creo que ninguno de ellos (salvo uno) lo disfruta tanto como yo. No los culpo, sé que están más acostumbrados a artistas con otro estilo, con una afición mayor por los artilugios de la producción musical. Y es cierto, el maestro construye canciones distintas, donde la producción tal vez quede en segundo plano (tal vez alguien podría decir que hasta la desprecia un poco). Por ejemplo, no me puedo imaginar una canción de Dylan con un arreglo de cuerdas o de vientos, con efectos grandilocuentes o virtuosos, simplemente, no sería él.

Pero es ocioso hablar de Dylan, lo mejor es escucharlo, para luego entenderlo u odiarlo. Sus canciones son la mejor manera de comprender la genialidad de este –ahora- cantante sesentón y que casi ha muerto dos veces y que ha escrito centenares de canciones. Muchas anécdotas recorren las hojas de sus ya incontables biografías, como aquella que cuenta que fue él quien les entregó su primer cigarrillo de marihuana a Los Beatles, o como aquella otra que dice que a pesar de ser la voz de la generación de los sesenta, en realidad odiaba a los hippies, o una reciente que nos relata como dos acomodadoras de menos de veinte años no lo dejaron entrar a su propio vestuario porque no lo conocían. Pero reitero, no hay ninguna biografía ni ningún artículo o anécdota que pueda decirnos más de Dylan que uno de sus discos, que una de sus canciones.

A quienes gustan del rock, les resultará inevitable cruzarse con Bob Dylan. No debería haber un aficionado a la música que no haya escuchado la trilogía de álbumes que cambió el rumbo de la música popular del siglo XX. Es asignatura obligatoria la audición del Bringing it all back home (1965), del Highway 61 Revisited (1965) y del Blonde on Blonde (1966). Discos básicos, imprescindibles, geniales e impredecibles. No pretendo señalar las virtudes de cada uno de ellos (al menos, no ahora), sólo es necesario poner de manifiesto su trascendencia (lo cual no garantiza que sean álbumes aptos para todos los públicos).

Podría también referirme a muchas canciones, el repertorio es inmenso y la calidad es incuestionable. Sin embargo, me permito la licencia de comentar brevemente sólo una de ellas, aquella que desde hace varios meses me conmueve y me obliga a escucharla cada vez que puedo, Desolation Row. Una canción de casi once minutos y medio, en donde hace un recuento de personajes que ya no habitan las hojas de la cultura occidental, sino que se pasean en una calle donde se cruzan la desgracia y el patetismo, donde Romeo es negro y es apaleado por enamorarse de una blanca Cenicienta y donde el Fantasma de la Ópera envenena a Casanova con palabras, todo adornado con una guitarra preciosa y una voz casi hipnótica. Una canción perfecta, una muestra del genio, una muestra de la inmortalidad del arte.

No se debe hablar mucho de Dylan, porque se corre el riesgo de nunca terminar de hacerlo. Todo es simple, como su música, después de todo, aún es el muchachito que salió de su natal Minnesota para ser cantante, que se convirtió en el heredero de la tradición folk norteamericana y que renunció a ella entre abucheos en el Festival de Newport, que publicó tres álbumes que cambiaron el rumbo del rock y que ha publicado otros más dignos de su genialidad, que se transformó cuantas veces quiso, que le pregunta a una dama cómo se siente ser una completa desconocida, que sintió cómo es tocar la Puerta del Cielo y que se atrevió a dar un paseo por la Calle de la Desolación.


Jorge Orlando Ágreda Aliaga

Sunday, April 22, 2007

Art, Yasmina Reza, Roberto Ángeles



La imagen de sincronizadas ruedas dentadas –aquellas que hacen girar las manecillas de un reloj- vino a mi memoria cuando finalizó la función. Salí satisfecho. Estaba contento, y dos eran los motivos de mi entusiasmo: una puesta sin disonancia alguna, con muy buenas actuaciones, y dos temas amplios para pensar y conversar con los amigos, como son la apreciación artística y la amistad.
El prestigio del director y la calidad de los actores (Alberto Isola, Alfonso Santistevan y Paul Vega) no podían tener otro resultado que no fuese el ofrecer al espectador una obra muy bien ensamblada, amena y ágil, que discurre hasta el final sin ningún corte u obstáculo. El texto de Yasmina Reza (París, 1959) es delicado y elegante. Gusta de la ironía y piensa en un público más o menos informado.
No obstante lo anterior, encuentro que la obra tiene una virtud adicional. Ésta consiste en promover una discusión que inicia cuando la obra termina. Justo en ese momento se torna ineludible conversar –tanto con los amigos con quienes se vio la función cuanto con los que no- sobre la valoración de la experiencia estética y sobre las bases sobre las que se erige nuestra amistad.
Según la obra, puede ser que no resulte nada conveniente indagar acerca de los fundamentos que dan estructura a nuestros lazos de amistad, pues nos puede ocurrir un chasco. Recordando a nuestro escritor que plagia, la amistad consiste en desconocer absolutamente lo que hace el otro. A veces, como hace también Reza a través de Ángeles a través de Isola, la amistad juega con el aceptar (o no) al otro tal cual es, sin máscara. De allí que lo que antes era un lienzo pintado, sin más, todo de blanco, sea después –dice Marc- el cuadro que representa a un hombre que atraviesa el espacio y desaparece.

Mi amigo Oscar Aybar me solicitó escribir un texto sobre la amistad, a propósito de sus relaciones con el amor y el tiempo; según le referí en un almuerzo babilónico que perpetramos sin culpa con otro común amigo. Lamento, por falta de tiempo, dilatar un tanto el cumplimiento de su pedido.


Abraham García Chávarri

Sunday, April 15, 2007

Todo sobre mi agüelita


Conocí a mi agüelita en 2001; en esa época de experimentos universitarios me la crucé un par de días cuando grabó como actriz en un trabajo mío. Pero no fue hasta mediados del año pasado cuando me la volví a encontrar, ahora como compañeros de chamba en un novísimo canal de cable. Mi odisea estaba a punto de empezar.

Mi agüelita mantenía una tensa relación con el inexperto productor del programa: no se pasaban ni con vino. Y yo terminaría pagando los platos rotos. El productor me floreaba bonito y me decía que no le convencía el trabajo de mi agüelita y que yo tenía que escribir los guiones de un par de programas, que luego se convirtieron en cuatro y después en cinco. Y cuando menos lo esperaba ya tenía la responsabilidad de la mitad de los programas de la temporada y escasísimo tiempo para escribirlos. Mi agüelita, por supuesto, al enterarse, estaba echando chispas. Llegó a discutir muy feo con mi productor y luego iba a darle sus quejas a la dueña del canal. Pero nada. Al final, llegó un director que terminó por revolcar la trayectoria de mi agüelita. Simplemente no le gustaban sus guiones, así que los eliminó todos (previa conversa con el productor) y me comunicó que tenía que escribir los que faltaban pa´ "tapar el hueco" y completar la temporada. ¡Qué tal conc…! Mi agüelita empezó a declarar a los periódicos que estaba pensando abandonar el programa, que ya no se sentía cómoda y varias cosas más. A mí me había agarrado un odio visceral. A las justas me miraba cuando nos cruzábamos por los pasillos del canal y me contestaba el saludo con un seco “hola”. Ya tramaba su venganza, podía sentirlo.

El productor y el director grababan en dos y hasta tres días lo que debían hacer en uno. Y como la tele es un negocio y el tiempo es dinero, la dueña -que hablaba tan bien de ellos y decía que eran sus amigos- les dio una patada en el culo y los botó en one. Trajeron a un productor-director (todo en uno, pa´ ahorrar plata) de reconocida trayectoria, a pedido expreso de mi agüelita, quien regresó triunfal. Y, como era de esperarse, barrió con todos mis guiones, con los que estaba escribiendo y con los que iba a escribir. Les encontraba mil y una fallas y decía que no funcionaban, que los suyos eran mejores y que aprendiera de ella. Se regocijaba mandándome a escribir cosas que después descartaba. Yo, herido en mi amor propio, no tuve otra alternativa que… volverme su pupilo. La chamba está escasa, pues.

La verdad, la relación fue muy difícil y especial. Por momentos nos llevábamos muy bien y por momentos… no tanto. Hasta que una vez me invitó a almorzar, conversamos mucho (en realidad ella conversaba y yo la escuchaba) y me di cuenta que tras esa careta de vieja amargada y renegona había una persona buena y muy divertida. Me sorprendió que le gustara tanto la música salsa. Puso en su auto algo de Niche, si no recuerdo mal. Y sí que se vacilaba la tía. Otra vez, cuando le dije que me iba a quitar de la chamba, me pidió que me quedara (claro, otras veces me decía que trabajaba hasta las patas y que así no iba a durar mucho). En otra ocasión fui a su casa a dejarle algunas cosas que había olvidado en el canal. Me atendió muy bien y me presentó a su nieto. Un niño de poco más de dos años que era su adoración. Me alegró mucho verla en ese papel. Por fin mi agüelita era una agüelita de a de veras. Era humana.

Cuando cancelaron el programa y nos quedamos en la lleca pensé que nunca más vería a mi agüelita. Pero hace poco, en una reunión de trabajo, me la volví a encontrar. Toda sonriente, sentada en un sofá, con su bastón al lado.

-¿Y, Oscarín? ¿En qué andás, querido?- Me dijo, con ese zalamero acento argentino que solo va a dejar cuando se muera.

Ahora nos tocó hablar de las cosas sórdidas del mundo del espectáculo, que ella ha visto bien (y de todo) en sus cincuenta años de carrera. Hablaba siempre sería, con esa autoridad que sólo te dan los años, diciendo que sabe mucho y que debemos hacerle caso. Le pedí su currículum para un proyecto en el que estoy chambeando y en el que ella va a participar como actriz. Me dijo que lo buscara en la internet, que allí hay un montón de cosas sobre ella. No había tantas como decía, pero sí algunas muy curiosas. Encontré, sorprendido, una página donde afirmaban que llegó al Perú en la década del cincuenta, y donde se referían a ella como “una bellísima y despampanante vedette…”. Por supuesto, jamás mi agüelita sabrá esto. (Una vez fui testigo de su ira cuando alguien le insinuó tal cosa.) Ella es una reputada actriz devenida en libretista. Y, sobre todo, una abuela abnegada. Díganmelo a mí.


Oscar Aybar

Saturday, April 14, 2007

Las dulces palabras de mi madre

En los últimos días he amanecido con el ánimo algo bajoneado, melancólico, medio tristón. No sé exactamente por qué (o sí sé, pero son tantas cosas y tan delicadas que prefiero hacerme el loco). Igual, ya se me pasará. Siempre que atravieso estas etapas traumático-depresivas pongo un buen disco de salsa y me entrego al desenfreno de los bongós, tumbas, timbales y demás, y se me pasa. O al menos la paso mejor. Pero esta vez, por una extraña razón, me estaba durando más de lo habitual. Probé con otra música: regional mexicana, clásica, urbano peruana (como le llama un amigo a la música chicha), pero nada. Estaba divagando en un montón de tonterías, que al final son las que te quitan el sueño cojudamente, cuando llamó mi mamá de los yunaites.

Mi madre está en USA hace tres meses tomando unas merecidas vacaciones, cosa que está acostumbrando hacer estos últimos años. Ya está en edad de disfrutar, supongo. Me alegró mucho escucharla ya que no hablaba con ella hacía varias semanas, y ya se estaba haciendo costumbre escuchar de mi padre cada vez que llego a la casa el “llamó tu mamá; ¿dónde andas, pues?”. Me reconoció en el acto y me dijo –con todo el desparpajo que acostumbra-: “Cabeza de huevo, ¿cómo están las cosas?”. Le expliqué cómo andaba todo y terminé diciéndole que estaba muy aburrido. Esperando el consuelo materno sólo me di de cara con mi triste realidad. Me dijo que me dejara de sonseras, que me despabilara, que ya no podía seguir en ese plan, que ya iba a cumplir treinta (aunque todavía tengo veintisiete), que nunca me dura ninguna chamba, que nunca me dura ninguna novia, que seguramente estoy más gordo (presumo que mi viejo le ha ido con el chisme) y una serie de cosas más que harían hundir mi autoestima varios metros bajo tierra. Pero no. Conversamos casi una hora y nos divertimos mucho, hasta que se le acabó el crédito de la tarjeta. Después me sentí mucho mejor. Inexplicablemente, de pronto, había desaparecido toda la apatía.

Creo que le he heredado alguito a mi mamá de decir las cosas tan crudas, de ser tan cagón y de “bajar de su nube” a las personas. No soy tan bueno como ella, pero hago mi mejor esfuerzo. Total: Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Ahorita mismo estoy escuchando –y disfrutando- una salsa de aquellas: “El Jolgorio”, de mi grupo favorito El Gran Combo de Puerto Rico… Sí que son buenos los desgraciados.


Oscar Aybar

Friday, April 06, 2007

Siempre hay una primera vez...


Llegué de madrugada a la estación migratoria de Tijuana. Me trajeron desde el aeropuerto en una camioneta blanca de marca americana después de una acalorada discusión con un oficial de migraciones (experiencia que merece un post aparte). Me quitaron la correa y los pasadores de los zapatos. Me dijeron que podía sacar sólo lo esencial de mi maleta: no saqué nada. Y me metieron adentro. Fue mi primera noche detenido.

El lugar era un amplio cuarto donde todos dormían en colchones sucios. Me recosté a pelo sobre unas bancas de cemento pegadas a la pared. Y no cerré los ojos durante tres horas, hasta que amaneció. Estaba muy molesto conmigo mismo por haberla cagado y por mandar al diablo el esfuerzo que hicieron mis viejos. Aunque sabía en el fondo que la culpa no era totalmente mía, sentía que debí haber manejado mejor la situación. En fin, ya estaba ahí, escuchando los ronquidos y los pedos (si no fuera por mi olfato nulo, la hubiera sufrido de verdad) de un montón de inmigrantes que venían de los diferentes rincones del mundo. Fueron tres horas que se me hicieron tres días. No podía entender cómo la gente podía dormir tan tranquilamente. Se me volcaron de golpe una serie de imágenes y recuerdos: personas que creía había dejado atrás volvieron a mis pensamientos y me preguntaba qué sería de sus vidas, cuando en realidad debía preocuparme por lo que iba a ser de mí. Luego cruzaron por mi mente posibles estrategias de fuga, aunque rápidamente deseché todas una por una, ya estaba bastante jodido para agravar más mi situación. No me quedó otra que relajarme, respirar hondo y empezar a contar ovejitas. Creo que llegué a la número tres. Pero estuve muy tranquilo dentro de todo (o al menos lo aparenté bien). Era curioso: Ni en mi más remoto sueño imaginé estar en una situación parecida; bien dicen que uno no sabe dónde terminará mañana. La vida te da sorpresas, canta Rubén Blades.

Cuando amaneció nos trajeron el desayuno: un plato de hotdog picado revuelto con huevo, un pan y un vaso de leche. Decente, al menos para lo que esperaba. Nos leyeron nuestros derechos. Después nos llevaron al médico para justificar su sueldo. Y al final llegó el horario de las llamadas telefónicas. Llamé a mi casa, naturalmente. Contestó mi mamá y le expliqué la situación. Se entristeció mucho, pero al menos ya sabía de mí y la dejaba más tranquila, sobre todo cuando le dije lo bien que nos trataban (cosa que exageré un poco). Cabe decir que ahí no hablé con nadie. Ni una palabra.

El camión (como le llaman al bus) llegó alrededor a las siete de la tarde (sí, siete de la tarde, según el horario mexicano), nos entregaron nuestras cosas y nos subieron en fila india. Después del papeleo de rigor, atravesamos varias calles miserables de Tijuana, calles que me recordaron a Perú: la geografía era diferente, pero la pobreza, la misma. Nos esperaban casi dos días de viaje en el que descubrí y terminé odiando el sabor de los burritos, y casi un mes más de detención en el “corralón” de Iztapalapa, en el D. F... Pero de eso hablaré después.


Oscar Aybar

Thursday, April 05, 2007

Bicho, Tracy Letts, Juan Carlos Fisher


1
Es un lugar común sostener que los gustos son, las más de las veces, particulares y subjetivos. Por eso, lo que para unos –el director Fisher entrevistado por José María Salcedo en Fulanos y Menganos- es una gran noche de teatro, para otros –el que esto escribe- es una buena puesta y nada más, que se agota cuando terminan los aplausos de la segunda tanda. Decía el director Fisher que esta obra –que es una mezcla de comedia romántica con suspenso psicológico y terror, si no recuerdo mal sus palabras- tiene el poder de acompañar al espectador por varios días, por permanecer allí cuando las luces de la habitación se apagan –o tienen que apagarse, diría mejor- y hay que hacerles más caso a nuestros pensamientos. Por mi parte, salvo los comentarios inmediatos a la salida de la sala, no volví a reparar en Bicho sino algunos días después, con ocasión de la entrevista en el programa de Salcedo.
Mis grandes noches de teatro fueron otras. Galileo Galilei en la versión de Luis Peirano, por ejemplo, me dejó atormentado por varios días, temeroso del peligro de ciertos descubrimientos. La ópera de tres centavos en la dirección de Jorge Guerra –que llegué a ver cuatro veces, y cada una, como suele ocurrir, distinta- o La muerte de un viajante al mando de Edgar Saba son otras perdurables noches de teatro. Respecto de la última tuve la suerte de poder apreciar un ensayo ordinario, y luego conversar largo rato –con el incansable y siempre amable Marco Mühletaler, asistente de dirección de Saba, y mi amigo Patricio Ato del Avellanal- mientras recorríamos el primer y segundo piso del escenario de lo que aún era la casa Piaggio –según me refirió Marco - cortada, literalmente, por la mitad. Fueron estupendas noches de teatro, aquellas que el tiempo reelabora y nunca daña.
2
Volviendo a la noche de teatro de Bicho, pude percibir, y puedo equivocarme, que la buena actriz Norma Martínez –que había visto como Ofelia en el Hamlet de Isola- no estaba del todo cómoda con su personaje. No me convenció mucho en el primer acto y, en el segundo, el recurso a los tics y a las manías son, a veces, fáciles y efectivos. Me disgustó que en el segundo acto, hacia el final, cubriera con su brazo, de manera nada natural, lo que presumiblemente ella misma había desatado. Si una actriz accede (como en este caso, dentro del furor de una escena) a descubrirse un pecho, considero que no puede desdecirse en el camino. O se mantiene descubierta o se acomoda mejor el vestido; la salida intermedia fastidia y distrae.
Mario Velásquez siempre es genial. Su interpretación de Jerry Goss, el vulgar ex esposo de Agnes White, la protagonista, me recordó algunos ribetes de su estupendo trabajo como Stanley Kowalski en Un tranvía llamado deseo en la versión de Chela De Ferrari. Mario Velásquez es un actor cuyo desempeño no puede dejarse de apreciar. Jimena Lindo resultó simpática y Rómulo Assereto estuvo bastante correcto.
Mención aparte precisa Roberto Ruiz. Su actuación (su no-actuación, quizá) me pareció muy precaria. Me resultaba increíble asumirlo como psiquiatra. Creo que fue un error de casting elegirlo para ese papel. Su cabello pintado de blanco de manera tan evidentemente tosca, para aparentar más edad, no sé si haya sido el recurso usado por el director con el propósito de burlarse, con irreverencia, de las puestas colegiales.
En la ficha de los actores, del programa que se reparte de modo gratuito al ingresar a la sala, se lee algo atronador: “Roberto Ruiz. Actor. Roberto es técnico en marketing con experiencia en la comercialización, distribución y venta de productos de consumo masivo en empresas líderes. Es líder formador y director de equipos. Ha seguido –y quizá dejado inconcluso, anotaría con respeto- un taller de actuación con Roberto Ángeles”. Confieso que hasta ahora no entiendo este disparate y que el señor Ruiz debería exigir al responsable más que una disculpa por tamaña infamia.
3
Juan Carlos Fisher dijo también, en la entrevista ya referida, que el final de Bicho dejaría atónito al espectador porque era absolutamente inesperado. Lamento discrepar. Considero que todo llegaba a un clima tal que no podía ser de otro modo. Creo, como pasa con Santiago Nasar, que ya conocíamos que acabaría así, pero no cómo.

Abraham García Chávarri

¡Hola, soy Nico!... Y quiero ser tu amigo


Al empezar estas líneas para “reactivar” mi olvidado blog tenía planeado escribir sobre la última maravilla de Eastwood, “Cartas desde Iwo Jima”, pero no sé por qué extraña razón no tenía ganas de escribir sobre una película. Y –peor aún- no sé por qué rayos se me venía a la mente el rostro de mi amigo Nico (lo llamaremos así para mantener su identidad en reserva). Trataba de borrármelo de la mente, pero aparecía de nuevo, con su peinadito cojudo y hablándome sobre por qué “Los Infiltrados” es una película menor de Scorsese o dándome clases de historia del júlbo o de esa música estridente llamada rock. Total: decidí escribir sobre él. Espero no se moleste, si no… qué diablos.

Conozco a Nico hace nueve años, desde el T-1, donde conocí a muchos de mis mejores amigos que frecuento hasta hoy. Nico fue un caso raro para mí: no me inspiraba mucha confianza con su floro, pero me cayó bien. Él quería hacer amigos, y supongo que yo también. Venía de San Marcos de estudiar odontología y decía saberlo todo (ahora sé que sabe mucho menos de lo que dice, aunque tengo que aceptar que sobre algunos temas tiene una memoria prodigiosa). Un físico no muy agraciado. Una carencia total de habilidades para "el deporte rey". Y una extraña manía de querer bronquearse con todo el mundo, claro, cuando está en compañía de sus amigos y dizque borracho.

Nico es especialista en consolar damiselas caídas en desgracias amorosas y en afanar muchachas que bien podrían ser sus nietas. Ya pasó la base tres. El cuerpo ya no le da como antaño (la loza del colegio Americano puede dar fe de ello). Pero sigue en lo suyo. Terco él. ¡Ese es mi Nico, caracho! Un digno representante de la Católica. Podría decirse, si lo describimos someramente, que Nico es un tipo con perfil ganador: tiene facilidad para hacer “amigas”, juega julbito todos los domingos, es culto, etecé, etecé, etecé… Digamos que todo eso es cierto parcialmente. Pero lo que más me gusta de Nico es que es el tipo de persona que siempre está dispuesto a tomar una más (y más y más… y más), que en cualquier momento –de la nada- puede caer contigo a cualquier cuchitril de esquina: un buen borracho con el que puedes contar. Tengo que confesar que no he tomado con él tanto como hubiera querido, aunque últimamente las chupetas postpichanga se están haciendo una sana costumbre. También confieso que en esos avatares tengo que soplarme sus disertaciones sobre diversos temas (y créanme que el Nico borracho sabe más que el Nico sano), ser testigo de sus patéticas imitaciones a doña Florinda (confundió a un larguirucho amigo con don Ramón) e incluso ser blanco de sus pseudodiatribas (hay testigos que lo escucharon llamarme: “estornudo de la industria”). Como sea, Nico es un buen pata. Sé que va a sonar cursi, pero, ¡sí, pues!, confieso que lo soy: estimo mucho a este vegete. (Presumo que por eso le soporto todas sus malacrianzas.) Y espero que sigamos siendo patas hasta que nos muramos… ¿Ya les dije que él es un adulto mayor? Bueno, también ¿qué quieren? Ya son nueve años soportándolo.

Ah, se me olvidaba… Nico, aparte de borracho y bronquero irracional, es antisemita y homofóbico... ¡Qué tipazo!

Oscar Aybar

Thursday, September 14, 2006

Traición, Harol Pinter y Jorge Castro


1
¿Por qué Vanessa Saba no puede conmovernos? ¿Acaso será su voz grave, retumbante, la que nos distancia?, ¿o más bien su delicado, como frío, rostro perfecto esculpido en mármol? Nos seducen su belleza lánguida, la elegancia de sus formas manieristas, su cuello altivo, pero nos incomodan sus ausencias. No hemos encontrado, hasta ahora, ese necesario revoltijo de emoción, dolor, fuego o pasión, irracionalidad o taquicardia que sus distintos personajes precisaban. Todo es monocorde, blanco, lineal, detenido, sin vida. No transmite nada. No nos convence.
Así, hemos visto a Vanessa Saba vestida de gala en El avaro, La importancia de llamarse Ernesto y Esperando a Picasso (además de prostituta en Venezia y joven veraniega en Las vacaciones de Betty). Ahora la observamos de traje negro inmejorable, ropa de dormir de satén rojo o en un muy diminuto, a la vez que turbador, conjunto blanco de algodón. Es una modelo perfecta, pero nunca nos ha producido una sola lágrima. ¿Debemos culpar a Vanessa Saba por no atormentarnos? Yo creo que sí; nos lo debe.

2
Para Samuel Taylor Coleridge –dice Edward Wright-, “la auténtica ilusión del escenario... consiste más que nada, no en pensar que hay allí un bosque, sino en renunciar a la idea de que eso no es un bosque”. Si la naturalidad es una buena virtud para el teatro, Eduardo Cesti está genial en su, lástima, muy pequeño papel de insistente mesero italiano en un restaurante de Londres. Miguel Iza (Robert) tiene momentos memorables, sobre todo en la difícil cena con su buen amigo y, a la vez, amante de su esposa. Verlo inquieto, por desbordarse y encorsetado en una compostura que debe cumplir, es delicioso. También están Paul Vega (Jerry), que es correcto, y Vanessa Saba (Emma), sin novedad. La pareja, en el matrimonio y fuera de él, es el tema al que vuelve en esta ocasión el director de la muy buena Desvío 2, Jorge Castro Fernández.
Como es costumbre, el paso de una escena a otra está dado por un conjunto de ritos y formalidades repetidos una y otra vez sin ninguna variación (ellos me recuerdan la época de mi paso adolescente como acólito en las misas de los domingos por la mañana). En la oscuridad, los jóvenes anónimos vestidos de sombra desarman el mobiliario escenográfico y construyen otro en riguroso silencio. Trajinan y disponen, callados, mesas, sillas, camas, veladores. Pero en esta oportunidad, dos de ellos salen del letargo. En medio de su quehacer, en el paso de la escena ocho a la nueve, levanta cada uno la copa dejada por los actores, hacen entre ellos –el mundo no importa, los espectadores somos ahora las sombras- el ademán de un brindis y beben un poco.

3
La obra está llena de silencios. Entre el parlamento de un personaje y la respuesta del otro se ha previsto una notoria pausa. Y así, sucesivamente, en todo el desarrollo de la obra. El silencio es como la punta del iceberg, y suelta con más fuerza expresiva aquello que las palabras enunciadas apenas perfilan o enmascaran. Los silencios en el trance de la ruptura amorosa o el develamiento de la traición son tan efectivos –acaso más crueles- como las palabras que se dicen en forma atropellada y voz alta.
Pero los silencios requieren también un tratamiento muy cuidado, y es preciso administrarlos con suma precaución. Exigen naturalidad para no advertirse postizos, superpuestos mecánicamente por las pautas del texto o la dirección, como ocurre en esta versión. Así mismo, su utilización reiterada en toda la obra deslustra su energía y llega a saturar. En este caso, la abundancia sí daña, y bastante.
Creo que al final algo no encaja del todo. Salgo de la sala con una pequeña sensación de insatisfacción. El asunto –nos dicen- está en ver la obra muy de cerca, y no nueve asientos más arriba como fue mi caso. Desde allí se observa –insisten- toda la carga de las miradas de los actores y la fuerza de los silencios. Si esto es así, no fue un acierto plantear la puesta en un teatro de esa dimensión, sino más bien presentarla en un ambiente pequeño e íntimo como puede ser, por ejemplo, un café. Primera fila o binoculares, no hay otra opción.

Abraham García Chávarri

Thursday, June 29, 2006

Chungking Express


Para muchos, considerada una genialidad más de Wong Kar Wai; para otros pocos -mezquinos a rabiar-, no es más que una película sobrevalorada. Como ya habrán deducido, a mí me resultó exquisita de principio a fin. (Ahora entiendo el porqué Tarantino no se cansa de reventarle cohetes.) Rodada en 1994, con un bajo presupuesto, “Chungking Express” nos cuenta las historias de amor (o desamor) de dos policías que tienen como lugar común una cafetería donde suelen caer a contar y pasar sus penas. Éste es el resumen. Escueto, insuficiente, engañoso. La verdadera riqueza de esta película está en sus detalles, en sus simbolismos simplones, en sus situaciones absurdas, en sus diálogos que -la mayoría de las veces- rayan con lo genial y en unas actuaciones muy bien logradas. Todo lo que pueda contar aquí no haría justicia. Tienen que verla, no hay otra.

La película se parte en dos. Son dos historias que tranquilamente podrían ser dos películas distintas. La temática es la misma que en “Con ánimo de amar” y “2046”: el amor trunco, la nostalgia por lo que se fue y no se puede recuperar, como cuando se pregunta uno de los personajes “¿Por qué las cosas tienen que caducar?” y luego se da esa maravillosa discusión con el dependiente del minimarket que no quiere venderle unos enlatados cuya fecha de caducidad ya venció. La segunda parte es más suave, más cerca de lo que ya conocemos del cineasta chino y donde se aprecian los mejores momentos de la película. Un policía que conversa con los objetos de su casa y, lo peor de todo, estos le replican. Una dependienta de cafetería enamorada que lo visita todos los días en su casa (cuando el policía no está) y la arregla y remodela a escondidas. Una música pop que inunda todas las escenas y que nunca antes me había gustado tanto, como una versión oriental de Dreams de Crandberries, cantada en mandarín, cantonés o sabe Dios qué lengua china. Pero lo mejor de todo está en sus diálogos tan completamente absurdos, pero tan naturales y maravillosos que no puedes más que disfrutarlos; sus monólogos con los objetos que les rodean; la voz en off que va llevando la historia (recurso que siempre utiliza –con maestría- el cineasta). Porque toda la película es un gran melodrama, una mentira del tamaño del Sol, pero que te la comes toditita, sin chistar, disfrutándola y con ganas de pedir repetición. A ese nivel ha llegado Wong Kar Wai: hace y deshace, y vuelve a hacer. Si bien, “Con ánimo de amar” y “2046” me parecieron más logradas (películas donde el chino a todas luces manifiesta que ya es un director recontra curtido), “Chungking Express” alcanza un nivel que lo pone a la par de cualquier clásico del cine mundial y demuestra que la genialidad no se adquiere ni se aprende: es innata.

Trato de pensar qué corriente sigue Wong Kar Wai, a qué grupo o generación representa, pero no puedo. Tal vez mi escaso conocimiento (léase ignorancia) no me lo permite. Tengo que admitir que no he visto mucho cine oriental. Pero he seguido a algunos directores chinos y japoneses y sencillamente Wong Kar Wai está en otro rollo, se mueve en un nivel superior. ¿Qué corriente sigue? ¿De qué generación es? ¡Bah, qué importa! Las películas de Wong Kar Wai logran lo que muy pocas en esta época consumista y mercantilista: te hacen gozar, sufrir, emocionarte y –sobre todo- pensar. Para qué pedir más.

Oscar Aybar

Un abogado pretencioso


Algunos amigos me habían hablado de un novel director mexicano que había causado revuelo por sus escenas crudas de sexo y por su forma extraña de plantear sus películas, un tal Carlos Reygadas. Hace poco me soplé sus dos películas: “Japón” (que tranquilamente podría ser “China”, “Korea” o cualquier otro país oriental) y “Batalla en el cielo”. Me gustó mucho más la primera y su espacio rural opresivo, aunque tengo que confesar que ninguna me llegó a convencer lo suficiente. Reygadas es abogado de profesión, y eso se nota. Mas que extraña, novedosa o arriesgada, su propuesta es la de un principiante que todavía no sabe utilizar correctamente las herramientas de que dispone. Su calidad como dramaturgo es deplorable. (No sé por qué no contrata a algún guionista profesional para que escriba sus proyectos, de hecho que en México hay buenos.) Su manejo de la narrativa también es precaria (supongo que mejorará con el tiempo), lo cual hace bastante difícil seguir sus películas, al menos con interés. Muchos pasajes terminan aburriendo sobremanera, y algunos otros ni siquiera se entienden, no contribuyen, salen sobrando; como también se siente que hay partes que el director ha olvidado… u obviado intencionalmente, no sé, pero que de hecho faltan, se necesitan (tal vez por eso los otros pasajes no llegan a entenderse del todo y terminan aburriendo). Reygadas es como el niño que con juguete nuevo cree que puede hacer lo que quiera y quiere ser el centro de atención. Lo ha conseguido en parte, pues sus películas -sobre todo la última: “Batalla en el cielo”, por sus chocantes escenas de sexo oral explícito- han levantado una gran polémica.

Pero es justo reconocerle algunas virtudes. Su concepto y planteamiento visual son –de lejos- lo más rescatable, y de hecho apunta a mostrar cosas más interesantes. La secuencia final de “Japón” es prueba irrefutable de ello: esa cobertura del accidente que termina con el cuerpo de la anciana sobre los rieles puede sacar de cuadro a cualquiera. También en “Batalla en el cielo” la visual termina siendo lo más atrayente.

Sobre las escenas de sexo totalmente gratuitas, pues… dignas de una escena de Ron Jeremy o del gran Rocco, que lo hubieran hecho muchísimo mejor que sus protagonistas. Lo digo porque Reygadas no acostumbra trabajar con actores profesionales; en “Japón” no se siente tanto este amateurismo actoral, digamos que no molesta, pero en “Batalla en el cielo” sí termina convirtiéndose en un lastre: el gordo, su esposa y la prostituta están terriblemente mal, no la chuntan nunca, ni un instante.

Así es Reygadas. Ya está en el ojo de la tormenta. No hay medias tintas con él. Para algunos es un genio, para otros sólo un pretencioso novato. Muchos los aman, otros lo detestan. A mí, sinceramente, me dio mucha pena que se gaste dinero (sobre todo en Latinoamérica) en películas malas. Pero habrá que esperar más. Dicen que echando a perder se aprende…

Oscar Aybar

Friday, June 23, 2006

Este texto fue escrito hace aproximadamente un año; por lo tanto, está completamente desactualizado

Advertencia
Las opiniones vertidas en este texto no buscan enarbolar la verdad, sino la apreciación, parcial y subjetiva, de su despistado autor.


Teatro Británico, 25 de junio de 2005.

Azul resplandor, Eduardo Adrianzen, Carlos Tolentino

Los gustos configuran sus detalles con el tiempo. El apreciar la actuación de un actor viejo, con muchos años encima, es uno de ellos. Rara vez he disfrutado por completo, con la respiración contenida, el desempeño de un actor joven. Creo que la madurez cronológica obra maravillas en la actuación. No digo que no crea en la existencia de actores jóvenes buenos, pero sí en su escasez casi absoluta. No hay mayor disfrute estético que ver y sentir a unos metros de distancia a un actor viejo de teatro. Uno está en la gloria.

Éste fue el motivo por el que decidí ir a ver Azul resplandor. Saber que actuaba Ricardo Fernández era más que suficiente (lo recordaba en La gaviota y, sobre todo con una magistral naturalidad, en Esperando a Picasso). Y también estaba Attilia Boschetti, cuya interpretación en Nosotras que nos queremos tanto fue magnífica.

La actuación de Ricardo Fernández me ha parecido buena, y a ratos muy buena. Es un brillante actor, qué duda cabe. El problema fue el personaje. Tito Tapia –hasta el nombre es simplón- es una figura increíble (en el sentido de José Enrique Mavila en Un director), sosa, insípida, hueca, de cartón piedra. Este personaje carece de verosimilitud; reclama a gritos, y sin éxito, un soplo de vida.

Boschetti está muy bien, y ha tenido la suerte de tener un personaje más interesante. La actuación de Sofía Rocha, como siempre, es de lo mejor; además su voz grave tiene la virtud de convencernos. Alejandro Escudero interpreta a una caricatura de director teatral y, en ese sentido, su desempeño es correcto. La actuación de Oscar López (siempre) es mala –su voz me pareció en algún momento copia de la que a veces usa el gran Miguel Iza- y la de Claudia Mori es peor (presumo que se corregirá con el tiempo, como sin duda mejoró la de Denise Arregui, que pasó de pésima en Nosotras que nos queremos tanto a aceptable en Volar).

El texto de Adrianzen no es nada trascendental (en la segunda acepción de la Real Academia) sin ser del todo malo. Creo, eso sí, que la obra debió tener un solo acto, ya que la segunda parte es desastrosa, aburridísima y sin ninguna necesidad e importancia para el conjunto de la obra. Nunca he deseado más que acabe una puesta en escena como ahora, pues todo lo ganado al comienzo termina por deslucirse en la secuencia, larga y pesada, que continúa tras el intermedio. Lo malo, si breve, no tan malo.

Creo que están de moda el metateatro y la metaliteratura, o así me lo figuro según el azar de mis visitas y lecturas. Azul resplandor es una obra que, entre otras cosas, habla del mundo de las tablas. Busca el desencanto, el descorrer el velo y descubrir las relaciones de poder, los intereses económicos y los afanes personales que presupuestamente no se muestran al público en una puesta en escena. Y la misma motivación parecen tener Leonardo Aguirre en su Manual para cazar plumíferos (libro de cuentos que me prestó mi amigo Oscar Aybar y le devolví sin terminarlo de leer, sin ninguna culpa) o, a diferente propósito, Luis Hernán Castañeda en Casa de Islandia.

Creo que me faltó señalar mi apreciación general de la obra, pero estoy seguro de que se puede inducir de todo lo anterior.

Abraham García Chávarri
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